Sofía
Iris estaba recostada, pálida. Su cuerpo pequeño, tan pequeño… como si la fiebre se hubiera llevado partes de su alma con cada hora que pasaba.
Su respiración era irregular, sus mejillas rojas por el calor interno que no bajaba, no importaba cuántas compresas, medicamentos o rezos le diera.
Me senté a su lado, pasándole los dedos por la frente con suavidad.
—¿Dónde está mami? —murmuró con voz débil, casi un suspiro.
Mi garganta se cerró un instante.
—Ya viene, peque —le dije con una sonri