Max
—¿Papi?
Su vocecita me detuvo en seco.
Me giré y la vi en el pasillo: vestía su pijama de conejitos, el peluche apretado bajo el brazo y los párpados a medio caer.
—¿No vas a acostarte conmigo?
Tragué saliva. Ese día me había pasado por encima como un camión, pero ella... ella era mi lugar seguro.
—Claro que sí, Motita —le dije, y le sonreí como si no llevara el pecho roto.
Se acercó y la levanté con facilidad. Se aferró a mí como si supiera que yo necesitaba ese abrazo más que ella. Apoyó