Paulina
Cuarenta horas.
Eso fue lo que tardamos en usar toda la caja de preservativos.
No exagero.
Cuarenta horas de no usar nada más que nuestra piel.
De explorarnos con las manos... los labios... de memorizar cada rincón del otro.
No salimos de la habitación.
Magda nos pasaba algo de comer de vez en cuando, tocando la puerta con dulzura y dejaba la bandeja en la puerta, pero la verdad era que comíamos lo justo y necesario.
Nuestro verdadero alimento era el otro.
Estaba acostada en la cama, c