Pierre
Salí de esa maldita celda con los nudillos todavía tensos y el dolor de los dientes del mocoso ardiendo en mi piel.
El maldito escarabajo se atrevió a atacarme.
¿A mí?
Un niño de cinco años. Sangre de esa suc¡a zorra y ese hijo de put∆. Qué irónico.
Qué patético.
Empujé la puerta de mi oficina de un golpe, listo para romper algo, pero lo que vi me detuvo en seco.
Lucile estaba sentada como una reina en mi sofá, cruzando las piernas con la elegancia de una serpiente lista para devorar.
A