Narrador
Las horas pasaban lentas en aquella habitación cerrada, tan fría y silenciosa que parecía tragarse hasta los suspiros.
La luz que entraba por la rendija de una persiana rota apenas alcanzaba para distinguir las figuras de tres pequeños cuerpos acurrucados en un rincón.
Magda sostenía entre sus brazos a Iris, que temblaba, no solo de frío, sino de fiebre. La niña respiraba despacio, con ese silbido entrecortado que ya no le era extraño.
—Ya va a pasar… —susurró Magda, más para convence