Paulina
Me desperté sintiendo la garganta seca. Tenía la cara pegada a la almohada.
Mi cuerpo estaba todavía entumecido.
Abrí los ojos despacio. La luz del sol entraba por las cortinas, cálida, suave… y traicionera. Porque el día había llegado, y con él, la realidad.
Me incorporé como pude, sin hacer ruido.
Y lo vi.
Aníbal estaba sentado en la silla. Tenía los codos apoyados en las rodillas, la cabeza inclinada hacia abajo.
Parecía que no había dormido. O si lo hacía, lo hacía a medias. Su pos