Aníbal
Llegamos a la casa cuando ya caía la noche.
Paulina no dijo una palabra durante el viaje. Ni una.
Se quedó en el asiento de atrás. Su cabeza apoyada contra la ventana y los ojos fijos en nada. Tenía la cara hinchada y sollozaba cada tanto.
Yo no dije nada tampoco. No quería asustarla más. No quería romper ese silencio que, aunque dolía, era lo único que parecía soportable para ella.
Apenas ella subió a su habitación, lo vi llegar.
Mi jefe.
Entró a paso tambaleante y los ojos vidriosos