La sala de espera del Hospital Mount Sinai era un espacio frío y aséptico, con paredes blancas y sillas de plástico que parecían diseñadas para la incomodidad. Vanessa llevaba horas allí, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada fija en la puerta de la UCI. A su lado, Liam permanecía en silencio, con la tablet apagada sobre el regazo y los ojos brillantes detrás de las gafas azules. No había dicho una palabra desde que los médicos los habían enviado a esperar. No hacía falta.
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