Laura estaba tumbada boca arriba, con una copa de vino tinto en la mano y el vestido de ayer todavía puesto. El terciopelo negro del vestido se había arrugado tanto que parecía un trapo. No había dormido bien. O quizás sí. Ya no distinguía los días. Su mundo se había reducido a cuatro paredes empapeladas de beige, a un olor a encierro que le entraba por la nariz como una plomada, y a un rencor que le quemaba el pecho como un hierro al rojo vivo. Ese rencor tenía nombre y apellido, y también ten