El camarero llegó con dos tazas de café humeantes. Las dejó sobre la mesa con un gesto discreto y se retiró sin hacer ruido. Ignacio agradeció ese pequeño respiro. Necesitaba un segundo para recomponerse, para dejar de mirarla como un adolescente torpe y recordar que era un hombre de negocios.
Vanessa, en cambio, no parecía tener ese problema. Tomó su café con calma, sopló la superficie y dio un sorbo pequeño. Sus ojos no se apartaban de la carpeta que Ignacio había traído.
—Los papeles —dijo e