La boda había quedado atrás, como un mal sueño del que todos despertaban lentamente. El salón del Fontainebleau se vaciaba de invitados confundidos, que se marchaban con el rumor de la farsa en los labios y la promesa de una historia que contar. Las flores blancas, antes símbolo de un amor fingido, comenzaban a marchitarse bajo el calor de las luces que seguían encendidas, indiferentes al drama que acababa de consumarse.
Ignacio salió del hotel sin rumbo fijo. El corazón le latía con fuerza, pe