Los días siguientes a la boda suspendida se arrastraron con una lentitud que dolía. Ignacio no había vuelto a trabajar. No había vuelto a salir de su casa. Solo vagaba por las habitaciones vacías de su apartamento, sintiendo cómo el eco de sus propios pasos le recordaba que estaba solo. El teléfono seguía mudo, y en su pantalla, los mensajes que había enviado a Vanessa permanecían sin respuesta, como cartas arrojadas al mar.
El deseo, ese fuego que había sentido por primera vez cuando Vanessa e