Sofía cerró la puerta al salir. El sonido suave del clic resonó en la oficina vacía, y Ignacio se quedó solo con sus pensamientos. Volvió a sentarse frente al escritorio, pero no encendió el ordenador. No podía concentrarse. Cada vez que intentaba pensar en números, en contratos, en la alianza millonaria que acababa de firmar, la imagen de Vanessa se interponía como un muro.
Sus ojos oscuros. Su forma de cruzar las piernas. Ese momento en que se detuvo a mitad de su exposición y le preguntó: «¿