Ignacio no durmió en toda la noche.
Dio vueltas en la cama, se levantó tres veces, bebió agua que no le quitó la sequedad de la garganta y, finalmente, a las 5:17 a.m., abandonó la habitación. Se vistió en la penumbra, sin pensar en la ropa, porque su cerebro no podía dedicar ni un segundo a elegir corbata. Solo podía pensar en ella.
Vanessa.
No sabía por qué. No entendía qué había pasado en esa reunión de apenas una hora. Pero algo en ella lo había golpeado con la fuerza de un tren. No era sol