La tarde caía sobre Miami cuando Vanessa salió de su despacho. Llevaba horas encerrada, revisando informes, respondiendo correos, fingiendo normalidad. Pero el artículo seguía ahí, en su cabeza, como una astilla clavada que se movía cada vez que respiraba. Cada vez que alguien la miraba en el pasillo, se preguntaba si habría leído las mentiras. Cada vez que el teléfono sonaba, temía que fuera un periodista acosándola con preguntas que no merecían respuesta. La fatiga le pesaba en los hombros, y