La mañana transcurrió con una lentitud exasperante para Liam. Desde su habitación, escuchaba los ruidos del apartamento: el tintineo de la taza de café que su madre dejaba en la mesa, el crujir de sus pasos sobre el suelo de madera, el zumbido del ascensor cuando ella se fue a la oficina. El silencio que quedó después fue denso, cargado de una energía que el niño necesitaba canalizar.
No perdió tiempo. Se sentó frente a la tablet y desplegó el plan que había trazado durante la madrugada. No era