Héctor regresó a la oficina de Ignacio con el bastón golpeando el suelo con más fuerza de lo habitual. Cada golpe era una acusación. Cada eco en el pasillo alfombrado, una pregunta que no admitía respuesta. Ignacio levantó la vista de los papeles que estaba revisando y supo, solo con ver la expresión de su abuelo, que algo grave había ocurrido.
—¿Dónde estabas? —preguntó, dejando el bolígrafo sobre la mesa.
Héctor no respondió de inmediato. Se sentó frente a él, apoyó el bastón contra el brazo