La tarde había caído con el peso de un plomo caliente. La mansión estaba en completo silencio. Austin, de pie en el balcón del despacho, con una copa de whisky en la mano, observaba el horizonte como si pudiera encontrar respuestas escritas en el cielo.
Celine entró sin hacer ruido. Llevaba el rostro tenso, el cuello alto y los hombros cargados de una culpa que ya no podía disimular.
—Tenemos que hablar —dijo él, sin girarse.
Ella se quedó en la puerta.
-Perder.
—No podemos seguir así —añadió A