Las hélices del yate resonaban como un rugido sereno mientras la embarcación se acercaba a la costa. Son apenas las diez de la mañana, cuando la lancha de la patrulla toca tierra firme, dejando a Rafael bajo custodia.
El ex jefe de seguridad, esposado y con la ropa revuelta por la pelea, gritaba como un loco poseído.
—¡Esto no se queda así! ¡Me las van a pagar! ¡Maldita perra, maldito bastardo, esto no se queda así!
Uno de los agentes lo empujó sin cuidado hacia el vehículo oficial. Cerca, Marc