JULIA RODRÍGUEZ
—¿Señora? —preguntó la sirvienta viéndome con preocupación—. Disculpe que me entrometa, pero… es que… su teléfono no ha parado de sonar.
Entonces levantó mi celular, el cual había dejado en la habitación con el resto de mi ropa. Lo tomé para ver la pantalla más de cerca y palidecí.
—¡Es de la escuela de Mateo! —exclamé horrorizada y de un brinco bajé de la mesa. La maestra me había estado llamando y al ver la hora lo comprendí—. ¡Ya se me hizo super tarde para ir por él!
Salí