SANTIAGO CASTAÑEDA
Levanté el puño para tocar, me arrepentí.
Quise empujar la puerta, me arrepentí.
¡Era un maldito mafioso! ¡¿Cómo es que me dignaba a no entrar en ese maldito baño?!
Me ajusté la corbata y cuando estaba dispuesto a entrar, la puerta se volvió a abrir, esta vez era una mujer joven, con una melena negra abundante y ojos esmeralda adornados con sombras y rímel. Abrió los ojos con sorpresa, sus mejillas se sonrojaron, pero de inmediato agachó la mirada y pasó, por un lado.
—Discul