SANTIAGO CASTAÑEDA
—¡Mateo! ¡Hora de irnos! —grité mientras salía con toda la actitud de la casa de mi padre. Era un manojo de nervios por dentro, pero el prepotente hijo de puta de siempre por fuera.
De repente una pirinola salió corriendo del jardín, sacudiendo sus cabellos castaños al aire. De un saltó se plantó a mi lado y sin darme tiempo para detenerme se aferró a mi pierna con cada una de sus extremidades.
—¡Papi! —gritó con fuerza y la mejilla embarrada en mi muslo mientras yo seguía c