JULIA RODRÍGUEZ
—No quiero nada —respondí con voz apagada y una serenidad que me desconcertaba. Había dejado de llorar. Era como si mi cuerpo de pronto decidiera que era demasiado dolor y lo mejor era dejar de sentir.
Tomé el bolígrafo y cuando acerqué la punta al papel para garabatear mi firma, Matt posó su mano sobre la mía, con un atisbo de culpa, con algo de arrepentimiento.
—Solo explícame… dime ¿qué hice mal? ¿En qué fallé? —siseó con las mandíbulas tensas y los ojos cargados de desesper