JULIA RODRÍGUEZ
En el edificio el encargado me recibió como si ya me esperara. Terminé subiendo hasta el pent-house, porque Santiago no parecía la clase de hombre que se conformaba con un departamento pequeño, aunque lo fuera a ocupar solo un par de días.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, el lugar parecía sospechosamente silencioso. Revisé mi reloj de pulso, había llegado media hora antes. Uno de sus hombres me señaló los sillones de piel negra que estaban cerca del enorme ventanal.