LILIANA CASTILLO
Fue como quitarnos de entre dos toros embravecidos. Ambos se precipitaron y comenzaron a intercambiar golpes. Santiago más rápido, soltando varios golpes a la vez, y esquivando con más facilidad, pero Javier parecía de roca, imposible de tirar, y con uno bien colocado, hacía tambalear a Santi.
—Yo solo quería que hablaran… ¡Se van a matar! —exclamé con el corazón acelerado. Entonces sentí la mano de Matt en mi hombro.
—A veces la mejor forma de congeniar entre hombres es… pel