LILIANA CASTILLO
Giré hacia Carmen y le di un par de vueltas a la pata rota que me quedaba en la mano. Sabía que el truco no saldría dos veces y tenía que pensar.
—Dispara a las piernas —susurró Carmen y el hombre bajó el cañón, apuntando hacia mis muslos—. No la quiero muerta.
Fruncí el ceño confundida y Carmen volvió a sonreír.
—Tontita, si estás embarazada de Javier, no voy a arriesgarme a perder a mi nieto —contestó a la pregunta que nunca formulé—. ¿Sabes? Pensaba que un niño como Javie