LILIANA CASTILLO
—Sabes que es cierto —contesté con calma—. ¿Qué dirán cuando sepan que el gran Rafael, quien se regodeaba con su gran trofeo, la novia del militar, solo fue un felpudo que mantuvo un hijo que no era suyo?
»Qué triste es cuando la realidad te escupe en la cara, ¿no? —Me sorprendía que atacar a su hombría fuera más doloroso para él que el daño físico—, pero no te preocupes, la realidad no te encontrará vivo, tendrás que retorcerte en tu tumba.
Entonces abrí la bolsa lentamente,