JAVIER CASTAÑEDA
—¡Vamos a jugar! —gritó Liliana corriendo hacia nosotros. Cada vez que la escuchaba el día se iluminaba, los pájaros cantaban e incluso se pintaban arcoíris en el cielo.
Y como ya era costumbre, apenas dio un par de zancadas cuando se cayó sobre el césped. Salí corriendo hacia ella, su vestido rosa estaba lleno de manchones verdes. Apretaba sus rodillas mientras hacía gesto de dolor.
—Me duele —susurró mientras me hincaba a su lado.
—Te raspaste las rodillas —contesté preocu