LILIANA CASTILLO
—¡Buenos días! —exclamó Carmen entrando a la habitación sin ser invitada y la curiosidad de saber si habíamos intimado.
Noté la satisfacción en su rostro al encontrarnos en la cama, estaba orgullosa de su hijo. Entonces Javier recuperó esa máscara de frialdad y apatía. Su sonrisa se desvaneció y volvió a ser ese témpano que conocí por primera vez.
—Madre, ¿no crees que estás importunando? —preguntó Javier levantándose de la cama, con la sábana enredada en la cintura, luciendo