LILIANA CASTILLO
Abrí los ojos lentamente, aún con sueño, aún adolorida. El aroma a óxido y herrumbre me asqueó. Entonces me di cuenta de que estaba dentro de una de las bodegas abandonadas en la zona industrial. Podría gritar todo lo que quisiera, pero nadie me escucharía y si me escuchaban, nadie haría nada por mí, porque a veces más vale cerrar los oídos y seguir de frente cuando vives en un lugar dominado por la delincuencia organizada.
—Sinceramente no sé qué hacer contigo —dijo Rita mien