JULIA RODRÍGUEZ
El humo del café se levantaba de nuestras tazas, mientras el silencio se hacía cada vez más profundo y mis pensamientos solo le daban vueltas a Matthew: ¿Dónde estaba? ¿Cómo sabía que no lo estaban torturando en ese preciso momento?
Cada vez me sentía más ansiosa, tanto que la presión en el pecho me estaba asfixiando, como si una mano invisible me tuviera por el cuello, mientras mis dedos arrugaban la servilleta. Entonces mi suegra levantó la mirada hacia mí, aumentando mi males