JULIA RODRÍGUEZ
Llegué con el corazón latiéndome en la garganta. Con ambas manos aferradas al volante mientras mis ojos veían a través de la ventana la finca, ese lugar que había sido mi hogar por tantos años y que ahora temía que se convirtiera en un cementerio.
Uno de los hombres se acercó para abrirme la puerta. Intenté encontrar algo en su cara que me dijera si lo que me esperaba dentro era peligroso o terrorífico, pero no hizo gesto alguno. Se comportaba como si fuera un día normal.
—¡Jul