El salón de eventos de la mansión Volkov apestaba a dinero viejo, champán francés y sangre derramada.
Aleksei había organizado una recepción para los inversionistas de la fachada legal de la Bratva. Docenas de hombres y mujeres de la alta sociedad se paseaban por el suelo de mármol, ajenos (o fingiendo estarlo) a que el anfitrión de la noche era el mayor asesino del país.
Yo estaba de pie junto a uno de los inmensos pilares de piedra, observando el salón a través de mi copa de cristal. Llevaba