El bajo de la música electrónica hacía vibrar el piso de cristal bajo mis tacones.
El Onyx, el club privado subterráneo de Aleksei, era un santuario de hedonismo reservado exclusivamente para los eslabones más altos de la mafia y sus invitados. Olía a humo de narguile, alcohol caro y sudor. Cuerpos entrelazados se movían en la pista central bajo luces rojas tenues, pero en el momento en que Aleksei pisó el primer escalón de descenso, el ambiente cambió.
La pista pareció abrirse como el mar. Las