Robarle a Dmitri fue sorprendentemente fácil.
El jefe de seguridad era un perro guardián entrenado, pero como todos los hombres en el imperio de Aleksei Volkov, compartía una debilidad letal: subestimaba a las mujeres. Había dejado su saco sobre la silla del comedor mientras tomaba un café rápido en la cocina. Me bastó con fingir un tropiezo, apoyarme en la silla y deslizar mis dedos en su bolsillo interior. El pequeño pendrive negro, el que usaba para desencriptar los servidores físicos de la