El sonido de las pesadas puertas de roble cerrándose a nuestras espaldas fue el único ruido en la inmensa suite siberiana.
El fuego crepitaba en la enorme chimenea de piedra, proyectando sombras danzantes sobre las paredes, pero el verdadero calor provenía del hombre que caminaba a mi lado. Aleksei no me había soltado la mano desde que dejamos a los cinco lugartenientes petrificados en el despacho.
Se detuvo en el centro de la habitación, frente a la luz del fuego, y me obligó a girarme hacia é