Un año después.
El viento del invierno ruso aullaba al otro lado de los ventanales blindados de la suite en Siberia, pero el interior estaba sumido en un calor reconfortante.
El fuego de la chimenea proyectaba una luz dorada sobre nosotros. Yo estaba recostada contra un mar de almohadones en la inmensa cama, cubierta con una suave bata de seda blanca que caía abierta sobre mi vientre. Estaba en la recta final. Ocho meses y medio. Mi cuerpo había cambiado, pesado y perezoso, pero nunca me había