El pitido rítmico del escáner rebotaba en las paredes de la suite como una sentencia de muerte.
Bip-bip-bip.
Dmitri no dudó. Caminó directo hacia el vestidor abierto.
Yo seguía arrodillada sobre la alfombra, con los labios hinchados y el corazón a punto de reventarme las costillas. Aleksei, aún con la respiración agitada por lo que acabábamos de hacer, se subió la cremallera del pantalón y levantó su Glock 19, apuntando hacia la puerta del clóset, listo para ejecutar a quienquiera que estuviera