El reflejo en el espejo me devolvía la imagen de una emperatriz cautiva. La seda carmesí se ceñía a mi cintura y los diamantes pesaban en mi clavícula, fríos y definitivos.
Aleksei estaba de pie detrás de mí, terminando de abotonar los puños de su camisa blanca. Su esmoquin negro descansaba sobre un maniquí de sastre en el interior del inmenso vestidor abierto, a unos cinco metros de nosotros.
Faltaban cuarenta minutos para bajar al salón principal. Cuarenta minutos para que mi plan detonara y