El aula 304 se sentía inusualmente amplia, casi vacía, a pesar de que los asientos estaban ocupados por estudiantes que me miraban con la atención ansiosa propia de quienes temen ser los próximos en reprobar. Sin embargo, mi atención no estaba en el análisis jurisprudencial que estaba desgranando. Mis ojos, traicionando mi férrea disciplina, volvían una y otra vez hacia el asiento de la segunda fila, a la izquierda, que permanecía desierto. El lugar de Gemma Brooks estaba vacío. Y, para mi creciente irritación, tampoco estaba su sombra, esa amiga suya, Maya, cuyo nombre apenas conocía pero cuya presencia solía ser un recordatorio de que Gemma todavía estaba presente en el campus.Había pasado todo el día esperando que la puerta se abriera, esperando verla entrar con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que me ponía los nervios de punta. Pero no apareció. Después de haberle dado la nota que merecía por su silencio punzante del día anterior, esperaba una queja, un reclamo, o al menos
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