El beso se prolongó durante lo que parecieron horas, un refugio frágil construido en medio del vapor del baño y los estragos de una noche en vela. Cuando finalmente nos separamos, el aire entre nosotros era espeso, cargado con la electricidad de una intimidad que ninguno de los dos sabía cómo clasificar. Miré el reflejo del espejo empañado, luego la pantalla del teléfono que seguía oscura sobre la encimera, y sentí que una parte de mí se había fracturado de manera irreversible.
Nolan me observaba con una fijeza desconcertante. Pasó un dedo con extrema suavidad por mi mejilla, barriendo el último rastro de humedad, antes de retroceder un paso. Ese leve movimiento físico, la distancia repentina que interpuso entre nuestros cuerpos, me devolvió de golpe a la realidad. No éramos una pareja. No había un futuro luminoso esperándonos al salir de ese apartamento. Lo nuestro no era serio; había nacido de la transgresión, de la colisión violenta de dos mundos que jamás debieron cruzarse. Las reglas del contrato seguían vigentes, aunque las hubiéramos hecho añicos repetidas veces.
—Escúchame bien, Gemma —dijo Nolan, su voz rompiendo el silencio con una claridad helada que no admitía réplica. Dio un paso hacia mí, volviendo a acortar la distancia, y me sostuvo del mentón con firmeza—. Esto... lo que hay entre nosotros, lo que pasó anoche y lo que somos en esta habitación, no es nada serio. No te confundas. No estoy aquí para ofrecerte un cuento de hadas, ni para ser el salvador de tu vida ordenada.
Las palabras cayeron sobre mí como cubos de agua fría. Aunque parte de mi mente sabía que era la verdad, escucharla salir de sus labios con esa frialdad quirúrgica me produjo un pinchazo punzante en el pecho. ¿Qué esperaba? ¿Que me dijera que dejaría todo por mí? ¿Que borraría a Finn de un plumazo? Nolan era un hombre de estructura, de control, un estratega que medía cada uno de sus movimientos. Para él, éramos un peligro latente, un desliz en su impecable reputación académica.
Sin embargo, antes de que pudiera procesar el peso de su advertencia y el eco de rechazo que conllevaba, sus ojos oscuros se profundizaron, adquiriendo un matiz que desmentía la dureza de su discurso.
—No es serio —repitió, bajando el tono, mientras su mano se deslizaba desde mi mentón hasta mi hombro, acariciando la marca roja que él mismo me había dejado horas antes—. Pero que te quede algo muy claro, Gemma: no te voy a dejar sola. No importa cuánto intentes huir, no importa lo que diga ese mensaje en la pantalla, y no importa a dónde vayas. Ya estás atrapada en esto, conmigo.
Esa contradicción, el abismo entre la negativa a darle un nombre a lo nuestro y la absoluta negativa a dejarme ir, me dejó sin respiración. Era una paradoja cruel y magnética. Me estaba diciendo que no significaba nada para su futuro, pero al mismo tiempo me estaba atando a su presente con nudos marineros que nadie podía deshacer.
—Tú no mandas sobre mi vida fuera de estas paredes, Nolan —logré balbucir, intentando recuperar un ápice de la dignidad que me quedaba envuelta en la toalla—. Tengo una vida. Tengo a alguien que...
—Si tuvieras la vida que crees tener, no estarías temblando en mi baño a las siete de la mañana, llorando por un mensaje mientras tu cuerpo todavía recuerda cada segundo de lo que hicimos anoche —me interrumpió con una precisión implacable, hurgando en mi herida más profunda con la misma facilidad con la que dictaba una sentencia judicial.
Me obligué a apartarme de su tacto, aunque mis piernas apenas me sostenían. Salí del baño con pasos torpes, buscando mi ropa esparcida por la habitación. Cada prenda que me ponía se sentía como una armadura vieja y rota. Mientras me vestía bajo su mirada silenciosa, que no se apartaba de mí ni un solo segundo, sentía una rabia sorda mezclada con una sumisión vergonzosa. Él tenía razón. Esa era la peor parte. Yo ya no pertenecía del todo a mi propia vida.
Nolan se vistió con la misma parsimonia, enfundándose en una camisa oscura y unos pantalones formales que de inmediato lo devolvieron al rol del profesor intachable, del hombre respetado que impartía clases en la universidad. Era fascinante y aterrador ver la rapidez con la que se ponía la máscara de la normalidad, mientras yo sentía que mi mundo entero se había incendiado.
—Tenemos clases hoy —dijo él, ajustándose los puños de la camisa con una calma exasperante—. Y tú vas a ir. No vas a faltar, no vas a esconderte en tu apartamento a compadecerte de ti misma, y mucho menos vas a dejar que nadie note que el suelo bajo tus pies se está desmoronando.
Lo miré con incredulidad.
—¿Te das cuenta de lo que pides? Anoche... lo que pasó... y ahora pretendes que finja que soy tu alumna común y corriente en el aula 304?
—No te pido que finjas. Te pido que sobrevivas —respondió él, acercándose lo suficiente para que pudiera percibir de nuevo su perfume a sándalo, ese aroma que ya se había instalado en mis pesadillas y en mis deseos—. Las reglas del juego cambiaron, Gemma. Ya no somos profesor y alumna en el sentido estricto, pero tampoco somos una pareja formal. Somos un secreto. Y los secretos, para mantenerse vivos, exigen disciplina.
Salimos del apartamento en un silencio tenso. El trayecto en su coche fue una pesadilla silenciosa; la ciudad comenzaba a cobrar vida a nuestro alrededor, con gente corriendo hacia sus trabajos, ignorando por completo que en el habitáculo de ese vehículo viajaban dos personas cuyas vidas habían colisionado de forma catastrófica.
Cuando aparcó cerca del campus universitario, detuve la mano en la manilla de la puerta, dudando por primera vez si tendría el valor de abrirla y enfrentarme al mundo exterior.
—Gemma —dijo Nolan antes de que pudiera descender.
Giró el rostro para mirarme. No había en sus facciones rastro de la ternura de la madrugada, pero tampoco la frialdad de la advertencia. Había una intensidad pétrea, una promesa implícita.
—Recuerda lo que te dije. No es serio... pero no te voy a soltar.
Abrí la puerta y bajé del coche sin responder. El aire frío de la mañana me golpeó el rostro mientras lo veía alejarse hacia el edificio de la facultad. Sabía que tenía razón, sabía que estaba atrapada en un laberinto sin salida, y lo más aterrador, mientras caminaba hacia mis clases con el eco de sus palabras resonando en mi mente, era que en el fondo de mi alma corrompida, yo ni siquiera quería encontrar la salida.