El aula 304 se sentía inusualmente amplia, casi vacía, a pesar de que los asientos estaban ocupados por estudiantes que me miraban con la atención ansiosa propia de quienes temen ser los próximos en reprobar. Sin embargo, mi atención no estaba en el análisis jurisprudencial que estaba desgranando. Mis ojos, traicionando mi férrea disciplina, volvían una y otra vez hacia el asiento de la segunda fila, a la izquierda, que permanecía desierto. El lugar de Gemma Brooks estaba vacío. Y, para mi creciente irritación, tampoco estaba su sombra, esa amiga suya, Maya, cuyo nombre apenas conocía pero cuya presencia solía ser un recordatorio de que Gemma todavía estaba presente en el campus.
Había pasado todo el día esperando que la puerta se abriera, esperando verla entrar con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que me ponía los nervios de punta. Pero no apareció. Después de haberle dado la nota que merecía por su silencio punzante del día anterior, esperaba una queja, un reclamo, o al menos un intento de justificación. Algo. Cualquier cosa que rompiera esa barrera de indiferencia que ella había erigido tras el episodio con Elena. Pero el vacío de su asiento era un insulto silencioso, una muestra de desprecio que, aunque intenté ignorar, se instaló en el fondo de mi mente como una astilla.
¿Había llegado demasiado lejos? La pregunta cruzó mi mente durante un segundo, pero la expulsé de inmediato con una sacudida mental. No. Ella necesitaba entender dónde estaban los límites. El contrato, nuestras reglas, la realidad de mi posición y la suya... todo eso no eran sugerencias. Eran las coordenadas necesarias para sobrevivir en este juego. Si ella no podía entender que un reprobado es solo el resultado de una falta de desempeño, entonces no estaba lista para lo que habíamos iniciado. O eso me decía a mí mismo, intentando convencerme de que el malestar en mi pecho no era preocupación, sino simple molestia profesional.
La jornada terminó con una pesadez inusual. Acepté la invitación del claustro de profesores para ir a un bar frecuentado por el personal universitario cerca de la zona centro. Elena, con su habitual elegancia, no se separó de mi lado. Hablábamos de políticas educativas, de los próximos simposios, de trivialidades que apenas lograban captar mi interés. La compañía de Elena era agradable, estructurada, carente de las complicaciones que, como un incendio forestal, Gemma parecía generar a su alrededor. Sin embargo, mientras sostenía mi vaso de whisky y escuchaba una anécdota sobre el decano, me sentí extrañamente inquieto.
El local estaba atestado. La música, un ritmo electrónico insistente y cargado de bajos, vibraba en el aire. Estábamos en una mesa reservada cerca de la zona de la barra, desde donde se podía observar la pista de baile. Elena reía a mi lado, tocándome el brazo con una familiaridad que, en cualquier otro momento, me habría resultado reconfortante. Pero entonces, la vi.
Gemma estaba en la barra, pero no de la forma en que un estudiante debería estar en un bar un martes por la noche. Tenía el cabello alborotado, un vestido que no recordaba haber visto nunca y una actitud que me hizo tensar cada músculo de mi cuerpo. Estaba bailando con Maya y un grupo de alumnos de los últimos años, un círculo de jóvenes que claramente la estaban incitando a seguir el ritmo. Ella no solo bailaba; se movía con una soltura que me resultó alarmante, una entrega al frenesí del momento que no encajaba con la imagen de la alumna aplicada y seria que pretendía ser en clase.
Estaba borracha. Era evidente. La forma en que se balanceaba, agarrándose de la barra para no perder el equilibrio, y la risa exagerada que lanzaba al aire me provocaron una oleada de furia tan pura que tuve que cerrar el puño con fuerza para no romper el vaso. Pero lo que realmente me sacó de quicio fue ver a uno de esos chicos —un estudiante de segundo año, creo recordar— acercándose a ella con una confianza que solo podía ser fruto de una bebida de más. El chico se acercó, le habló al oído, y luego, con una naturalidad que me hizo hervir la sangre, extendió la mano y comenzó a acariciar su cabello con una lentitud que rozaba la obscenidad.
—¿Nolan? ¿Estás bien? Te has quedado callado de repente.
La voz de Elena me trajo de vuelta a la realidad. Me obligué a relajar la mandíbula y a mirar a mi colega, aunque mi visión periférica seguía anclada en Gemma.
—Sí, solo... es un poco ruidoso aquí, ¿no te parece? —dije, tratando de sonar indiferente.
—Es un bar, querido. Se supone que debe haber ruido —respondió ella, dándome un golpecito en la mano.
No la escuchaba. Mi mundo se había reducido a ese punto específico en la barra. Gemma lanzó la cabeza hacia atrás, riendo ante algo que le dijo el chico, y sus ojos —esos ojos que en mi oficina me miraban con tanto desafío— se encontraron con los míos. El impacto fue instantáneo. La música, las voces, el murmullo de los demás profesores, todo desapareció. Por un segundo, ella dejó de reír. Su expresión cambió, pasando de la embriaguez a una sobriedad momentánea, un destello de algo que no supe definir: ¿era odio? ¿Era despecho? ¿O era, quizás, una invitación descarada a que la sacara de allí?
El chico, ajeno a nuestra conexión silenciosa, volvió a acariciarle el pelo y le susurró algo que la hizo sonreír de una forma que nunca me dedicó a mí. Sentí una punzada de celos, tan violenta y tan ajena a mi carácter, que me quedé sin aliento. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Se estaba vengando de mí? ¿Estaba tratando de demostrarme que, efectivamente, la exclusividad no era parte de nuestro acuerdo? Pues bien, si esa era su intención, lo estaba logrando de manera magistral.
—Voy al baño —le dije a Elena, levantándome de la mesa antes de que pudiera protestar.
Caminé entre la multitud, sintiendo cómo la furia y una necesidad incontrolable de confrontación me empujaban hacia la barra. Mientras me acercaba, Gemma finalmente rompió el contacto visual y volvió a bailar con sus amigos, como si no me hubiera visto, como si yo fuera un espectador insignificante en su noche de descontrol. Cada vez que el chico la rodeaba con el brazo o le decía algo al oído, sentía un impulso eléctrico de intervenir, de apartarlo, de recordarle a todo el local —y sobre todo a ella— a quién pertenecía ese juego.
Pero me detuve a pocos metros. Me apoyé en una columna, observándola. Estaba borracha, sí, pero también estaba hermosa de una manera salvaje, sin las restricciones del aula, sin la presión del compromiso con su prometido, sin las reglas que yo mismo le había impuesto esa misma tarde. Ella era un caos, y yo, el hombre que presumía de orden, de leyes y de control, me sentía incapaz de moverme. Me pregunté qué pasaría si me acercara ahora, si la tomara del brazo y la sacara de ese lugar. ¿Se resistiría? ¿Me gritaría frente a todos? ¿O se desplomaría en mis brazos, admitiendo que toda esa actuación no era más que un grito de auxilio?
El chico volvió a tocarle el cabello. Gemma cerró los ojos y se dejó hacer. Ese gesto fue el que finalmente me hizo dar media vuelta. No podía ver más. No podía ver cómo ella dejaba que otro hombre se acercara a lo que, según las reglas que yo mismo redacté, me estaba prohibido. Salí del bar hacia la calle, donde el aire nocturno golpeó mi rostro con una frialdad que no logró apagar el fuego que me quemaba por dentro. Había reprobado su examen, había marcado los límites, había forzado la distancia... y ahora, veía con horror cómo ella, lejos de quebrarse, estaba quemando los puentes que yo mismo había construido. El problema, me di cuenta mientras encendía un cigarrillo en la acera, no era que ella hubiera roto las reglas. El problema era que, al verla así, con otros, me daba cuenta de que nunca me habían importado las reglas. Me importaba ella. Y esa era la verdad más peligrosa de todas.