Mundo ficciónIniciar sesiónEl vapor de la ducha llenaba el baño de Nolan, convirtiendo el espacio en una burbuja blanca y aislada del resto del mundo. El agua caliente caía sobre mi piel con fuerza, intentando limpiar el rastro de una noche que se había prolongado hasta el amanecer. Cada centímetro de mi cuerpo dolía de la mejor y peor manera posible; los músculos pesados, la marca en mi hombro ardiendo bajo las gotas y los recuerdos de las horas pasadas reproduciéndose en mi mente como una película en bucle.
Cerré los ojos, apoyando las palmas de las manos contra los azulejos fríos de la ducha. Quería sentir que recuperaba el control, que la mujer que estaba bajo el agua era la misma que había cruzado las puertas de la universidad buscando un futuro limpio. Pero el reflejo borroso en el vidrio opaco me devolvía la imagen de alguien irreconocible. Una mujer que había traicionado cada uno de sus principios, que había firmado un contrato de sombras y que se había entregado sin reservas al hombre que se suponía debía ser su mayor desafío académico.
En ese preciso instante, un zumbido seco resonó desde el exterior del baño.
El sonido de la vibración del teléfono, apoyado sobre la encimera del lavabo de mármol, atravesó el ruido del agua. Me quedé inmóvil, con la respiración suspendida en la garganta. Salí de la ducha con torpeza, envolviéndome en una toalla blanca y gruesa que olía sutilmente a su perfume. Con el corazón latiéndome en las sienes con violencia, caminé hacia el lavabo y mirué la pantalla iluminada.
*Finn.*
El nombre brillaba en la oscuridad de la estancia, acompañado de un mensaje que parecía una daga directa al centro de mi conciencia.
> *“Buenos días, amor. Anoche intenté llamarte para desearte dulces sueños, pero supongo que estabas agotada estudiando. Te extraño cada segundo. Pronto estaré allí para empezar nuestra vida juntos. ¿Todo bien con tus clases?”*
Las palabras se difuminaron ante mis ojos, devoradas por un mar de lágrimas repentinas. La culpa, esa entidad silenciosa que había intentado ahogar en la cama de Nolan, se abalanzó sobre mí con una fuerza devastadora. Me doblé por la cintura, apoyando los nudillos en el lavabo, mientras el llanto se convertía en un sollozo ahogado, un grito mudo que rasgaba mi garganta.
¿Cómo podía ser tan cruel? ¿Cómo podía leer las palabras de un hombre bueno, de un hombre que confiaba ciegamente en mí, que planeaba nuestro futuro con ilusión, mientras yo llevaba menos de dos horas de haberme levantado de la cama de mi profesor? El contraste entre la pureza de la vida que había construido con Finn y el abismo oscuro, magnético y prohibido en el que me había metido con Nolan era insoportable. Me sentí sucia, ruin, una completa impostora.
—Mírame... —susurró una voz grave a mis espaldas que me hizo saltar del susto.
No lo había escuchado entrar. Nolan estaba allí, de pie en la puerta del baño, vistiendo apenas unos pantalones de chándal grises, con el torso desnudo y el cabello revuelto por las horas sin dormir. Su expresión no era la del profesor implacable, ni la del amante dominante de la noche anterior. Había en sus ojos oscuros una quietud extraña, una lectura precisa de la tormenta que me estaba destrozando por dentro.
Antes de que pudiera apartarme, antes de que pudiera inventar una excusa o secarme las lágrimas para levantar mi muralla de defensa, sus brazos me rodearon por la cintura.
Me tensé por instinto. Esperaba que preguntara. Esperaba que, fiel a su naturaleza analítica y controladora, exigiera saber quién me había escrito, qué decía el mensaje, o por qué la mención de un nombre ajeno lograba quebrarme de esa manera en su propio hogar. Las reglas que él mismo había impuesto eran claras: *no quiero saber nada de tu prometido*.
Pero Nolan no hizo nada de eso. No pidió explicaciones. No hubo reproches sobre mi debilidad, ni miradas de celos mal disimulados, ni recordatorios cínicos del contrato que habíamos firmado.
Simplemente me atrajo hacia su pecho con una firmeza absoluta, pegando mi espalda mojada contra la calidez de su cuerpo. Sentí los latidos firmes de su corazón contra mis omóplatos, un ritmo constante que contrastaba violentamente con el caos que me devoraba por dentro.
—No pienses en nada ahora —murmuró su voz ronca contra la piel de mi sien, un susurro que parecía desafiar todas las leyes de la lógica y de la prudencia.
Giró mi cuerpo con suavidad, obligándome a enfrentarlo. Mis manos temblaban contra su pecho desnudo, y las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas, empapando su piel. Intenté desviar la mirada, avergonzada de que me viera rota por culpa de otro hombre, pero sus dedos se deslizaron con delicadeza bajo mi barbilla, alzando mi rostro para que no pudiera escapar de sus ojos.
No había juicio en su mirada. Solo una intensidad abrasadora que parecía querer absorber todo el dolor y la culpa que me ahogaban.
Cuando sus labios se posaron sobre los míos, no fue un beso de exigencia ni de dominio posesivo. Fue un bálsamo. Un acto de rendición mutua donde él aceptaba cargar con el peso de mi desgarro. Sus labios recorrieron con lentitud las lágrimas en mis mejillas, besando los rastros salados del llanto con una paciencia que me desarmó por completo.
Abrí la boca para decirle que estábamos locos, que esto era una locura insostenible, que cada segundo que pasaba en sus brazos hundía un poco más a Finn en una mentira imperdonable. Pero las palabras se perdieron cuando su lengua profundizó el beso, reclamándome con una urgencia silenciosa que borraba el mundo exterior.
Me aferré a sus hombros con desesperación, sintiendo cómo el agua que aún goteaba de mi cabello se mezclaba con el calor de su piel. En ese momento, mientras sus manos ahuecaban mi rostro y me besaba con una devoción desesperada, comprendí la verdadera magnitud de mi condena. No importaba cuán fuerte intentara odiarlo, no importaba cuántas reglas firmáramos en su oficina, ni cuántas veces la culpa me recordara la existencia de Finn. Nolan West se había convertido en la única realidad que mi cuerpo y mi mente reconocían. Y mientras sus labios seguían besando los míos, apagando el eco del teléfono y la tortura de mi conciencia, supe que ya no había retorno posible. Estaba atrapada, no por la fuerza, sino por la devastadora certeza de que lo amaba tanto como temía las consecuencias.







