Capítulo 13: La gravedad del deseo

 

El alcohol, que durante horas había funcionado como una anestesia eficaz para mis remordimientos, se convirtió de repente en un enemigo voraz. En el momento en que me separé de la barra y caminé hacia la salida del local, el suelo bajo mis pies pareció transformarse en una superficie de gelatina. Cada paso que daba era un ejercicio de equilibrio precario; las luces de neón del bar, que antes me parecían parte de una coreografía festiva, ahora eran destellos violentos que me taladraban las sienes. El mareo llegó de golpe, una ola de desorientación que me obligó a buscar el marco de la puerta como único punto de referencia en un mundo que giraba sin control.

—¿Gemma? ¿Estás bien? —preguntó Maya, pero su voz sonaba lejana, amortiguada por el zumbido de mis propios oídos.

—Solo... solo necesito aire —balbucée, sintiendo cómo el estómago me daba un vuelco.

Logré salir a la calle, donde el aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero no fue suficiente para despejar la neblina. El mundo oscilaba peligrosamente. Intenté caminar hacia el parking, pero mis piernas decidieron, en un acto de rebelión absoluta, que ya no podían sostener mi peso. Antes de que pudiera colapsar contra el frío cemento, sentí una mano firme y decidida sujetar mi muñeca. Un contacto eléctrico que, a pesar de mi estado, reconociendo inmediatamente.

Abrí los ojos con dificultad y levanté la vista. Allí estaba él. Nolan West. La sombra imponente que había intentado evitar toda la noche. Bajo la luz amarillenta de las farolas, su rostro era una máscara de severidad inalterable. Lo miré y, para mi propia sorpresa, una carcajada descontrolada escapó de mis labios. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía estar allí, como si fuera una aparición convocada por mi propia embriaguez?

—Eres... eres real —susurré, riendo entre dientes, sin importarme lo patética que debía verme.

Él no sonrió. Su mirada recorrió mi rostro con una intensidad que casi lograba atravesar la niebla de alcohol que nublaba mis sentidos. No dijo nada, pero sus dedos se cerraron con más fuerza sobre mi brazo, guiándome con una determinación que no me dejó espacio para la réplica. Cuando traté de zafarme, tratando de alejarme con un movimiento torpe, él no se inmutó. Con un gesto fluido, poderoso y completamente desprovisto de delicadeza, me levantó del suelo y me acomodó sobre su hombro como si fuera un costal.

—¡Hey! ¡Suéltame! ¡Esto es un secuestro, Nolan! —grité, golpeando su espalda con las manos, aunque mi fuerza era mínima.

—Cállate, Gemma —dijo él, su voz vibrando a través de su torso—. Haz silencio, o te aseguro que te arrepentirás.

Sentí una palmada firme y castigadora en mis glúteos que me dejó paralizada, no por el dolor, sino por la sorpresa absoluta del gesto. La humillación se mezcló con un calor repentino que recorrió mi cuerpo desde la base de la columna. Me quedé inmóvil, con la cara hundida en su chaqueta, respirando ese aroma a sándalo que, en mi estado, se sentía como una droga. Me subió al coche con una eficacia desalmada y cerró la puerta de un golpe.

El interior del vehículo olía a él, a esa seguridad asfixiante que siempre emanaba. Se inclinó sobre mí para colocarme el cinturón de seguridad; su rostro estaba tan cerca del mío que podía sentir el calor de su aliento. Sus dedos rozaron mi cuello por un segundo, un toque que fue más un recordatorio que una caricia.

—¿A dónde... a dónde vamos? —pregunté, con la lengua pesada, sintiendo cómo el mareo regresaba con más fuerza.

—A mi departamento —respondió él, arrancando el motor con un rugido que hizo vibrar el chasis.

Durante el camino no hablamos. Me perdí mirando por la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad se difuminaban en estelas de color. Cuando finalmente se detuvo y bajamos, el mundo seguía girando. Él me ayudó a salir, pero cuando mis pies tocaron la acera, mi cuerpo volvió a fallar. Él ni siquiera me dio la oportunidad de intentarlo de nuevo; me cargó de nuevo en sus brazos, esta vez de forma nupcial, sintiendo la solidez de sus antebrazos contra mi espalda y mis rodillas.

—Bájame, Nolan. No quiero estar aquí —dije, aunque mi tono de voz no tenía ni una pizca de convicción.

Cuando entramos en su apartamento, el ambiente era todo lo contrario al desorden de mi mente. Era un espacio minimalista, ordenado, un reflejo de su propia psicología. Me dejó en el suelo del salón, pero en cuanto sentí mis pies firmes, intenté girarme hacia la puerta. Quería huir. Quería correr lejos de él, lejos de las reglas, lejos de la profesora Vance y de la confusión que me causaba su sola presencia.

—Gemma, basta —dijo él, bloqueando mi salida.

—¡Déjame ir! —grité, empujándolo con toda la fuerza que pude reunir.

Él no se movió ni un milímetro. Me atrapó por los hombros, obligándome a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, una tormenta de frustración y un deseo que ya no intentaba ocultar tras la máscara de profesor. Me besó, y no fue un beso de cortesía. Fue una reivindicación. Sus labios chocaron contra los míos con una furia posesiva que me obligó a soltar un suspiro de rendición. Lo empujé, tratando de recordar la rabia que sentía hace apenas unos minutos por haberme reprobado, por haber almorzado con Elena, por haberme dictado esas reglas asquerosas.

Pero sus manos, recorriendo mi cintura con una autoridad que me dejaba sin aire, destruyeron cualquier defensa racional. Me besó de nuevo, esta vez con una lentitud que me hizo derretirme contra su cuerpo. Sus labios exploraron mi boca, reclamando cada rincón como si fuera su derecho adquirido. Mi resistencia, tan frágil desde el principio, se desmoronó. Mis manos, que intentaban alejarlo, se enredaron en su cabello, acercándolo más, buscando el roce de su piel contra la mía.

—No me hagas esto —susurré contra su boca, aunque mis labios ya estaban entregados a los suyos—. No me hagas quererte más de lo que ya me odio por ello.

Él no respondió con palabras. Me levantó de nuevo, llevándome hacia su habitación, con la certeza de que el contrato que habíamos firmado en la oficina ya no significaba nada. Las reglas de la exclusividad, de la frialdad académica y de la distancia habían sido incineradas en el momento en que me vio en aquel bar. Yo no quería ser su alumna, y él, claramente, ya no quería ser mi profesor. Estábamos atrapados en un círculo vicioso de autodestrucción, un contrato de voluntades donde la única realidad era el deseo que nos consumía.

Mientras me despojaba de la ropa, con una urgencia que no pedía permiso, me di cuenta de que el mareo del alcohol había sido sustituido por un mareo mucho más peligroso: la certeza de que, al entrar en este apartamento, estaba entregando la última parte de mi cordura. Y lo más aterrador, mientras sus labios recorrían mi cuello y mi cuerpo respondía con gemidos de entrega total, era que no me importaba. El secuestro era real, pero, por primera vez, me sentía incapaz de pedir ser liberada. La guerra había terminado, y la rendición era, irónicamente, el único lugar donde podía respirar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP