Capítulo 20: El sabor de la tregua

 

El aire fresco del parque de atracciones se quedó atrás en cuanto las puertas del todoterreno se cerraron, sellando el habitáculo en un silencio cómodo que contrastaba con la electricidad que todavía zumbaba bajo mi piel. Después de la intensidad suspendida en lo alto de la rueda de la fortuna, el vértigo emocional había dado paso a un apetito voraz, una necesidad física de anclarme de nuevo a la tierra.

Nolan puso el motor en marcha y, en lugar de emprender el camino de regreso hacia la zona residencial o el campus, condujo hacia las afueras del distrito comercial, donde las luces de los neones daban paso a locales más informales y bulliciosos.

—Aún no hemos cenado, y dudo que sobrevivas a lo que queda de noche con la energía de un peluche de feria —dijo él, sin apartar la vista de la carretera, aunque una media sonrisa divertida se dibujaba en la comisura de sus labios.

—¿A dónde vamos, profesor West? —pregunté, apoyando la cabeza contra el reposacabezas, sintiendo una ligereza extraña que hacía días no experimentaba—. Espero que su definición de cena elegante no incluya cafeterías de autopista a las once de la noche.

—Te llevaré al único sitio de la ciudad donde las reglas de protocolo están prohibidas y las calorías no cuentan —respondió con una seriedad fingida que me arrancó otra carcajada.

Aparcó frente a un local de estética retro, un restaurante de hamburguesas clásico con grandes ventanales iluminados, taburetes de vinilo rojo y un olor irresistible a carne a la parrilla, patatas fritas y salsa artesanal que inundó mis sentidos en cuanto cruzamos la puerta. El lugar estaba medio vacío a esa hora, lo que nos permitió elegir una mesa apartada en una de las esquinas, resguardados por una mampara de madera oscura que nos otorgaba una intimidad inesperada.

Nos sentamos uno frente al otro, pero la distancia se redujo en cuanto el camarero se marchó tras tomar nuestra orden. Entre bromas sobre los modales académicos que ambos debíamos fingir al día siguiente y la ironía de ver a un hombre como Nolan —cuya imagen pública era la encarnación misma de la rigidez— devorando una hamburguesa doble con una servilleta arrugada en la mano, la tensión acumulada durante semanas pareció disolverse.

—Confiesa —le reté, inclinándome sobre la mesa, mientras un rastro de salsa brillante quedaba en la comisura de mis labios—. Jamás habías pisado un sitio como este antes de conocerme. Todo en ti grita bibliotecas silenciosas y vinos de reserva.

Nolan dejó la hamburguesa en el plato, me miró fijamente y, con un gesto deliberadamente lento, estiró la mano por encima de la mesa, rozando con la yema de su dedo pulgar la comisura de mis labios para limpiar la mancha. Se llevó el dedo a la boca, probando la salsa con una naturalidad tan íntima y descarada que hizo que se me cortara la respiración.

—Mi vida era perfectamente predecible, Gemma, hasta que decidiste cruzar la puerta de mi despacho y suspender el primer examen —replicó su voz, ronca y baja, resonando en el pequeño espacio de nuestra mesa—. Y te aseguro que ninguna biblioteca me ha dado tantos dolores de cabeza... ni tantas recompensas.

El juego de miradas se tornó denso, cargado de una química que hacía imposible mantener las distancias. Durante los minutos que tardaron en traernos la cuenta, los juegos bajo la mesa se volvieron inevitables. Su zapato rozó mi tobillo, subiendo lentamente por la pantorrilla, trazando círculos concéntricos en la piel de mi pierna a través de la tela del pantalón. Un temblor eléctrico recorrió mi columna vertebral. Contuve un jadeo, mordiéndome el labio inferior mientras intentaba mantener la compostura y responderle a sus provocaciones verbales, aunque por dentro mi cuerpo ya estaba ardiendo.

Cuando salimos del local, el frío de la madrugada nos golpeó de inmediato, pero el calor que emanaba entre nosotros era insoportable. En lugar de subir al coche para volver a casa, Nolan se detuvo junto a la acera, a pocos metros de un hotel boutique de fachada discreta y luces ámbar que anunciaba la disponibilidad de habitaciones por hora o por noche.

Lo miré con una mezcla de sorpresa y complicidad.

—¿Un hotel? —susurré, con el corazón galopándome en el pecho—. Nolan, es casi medianoche. Mañana hay clases.

—Mañana es un problema que resolveremos mañana —respondió él con una calma absoluta, tomando mi mano y guiándome directamente hacia las puertas correderas de cristal del vestíbulo—. Además, anoche en mi apartamento no pudimos explorar todas las variables de nuestro contrato. Es hora de ampliar el temario.

El recepcionista apenas levantó la vista cuando Nolan firmó el registro con una tarjeta de crédito y una eficacia silenciosa. Nos entregó la llave magnética y, en menos de dos minutos, estábamos cerrando la puerta de una habitación amplia, decorada con tonos oscuros, una cama King size impecable y ventanales enormes que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada.

En cuanto el pestillo sonó, la fachada de la compostura se desmoronó.

Nolan me empujó suavemente contra la puerta cerrada, atrapándome entre su cuerpo y la madera. Sus labios buscaron los míos con una voracidad que no pedía permiso. Me besó con desesperación, devorando cada respiro, mientras sus manos recorrían mi espalda, levantando mi chaqueta con urgencia. El roce de su ropa contra la mía encendía cada terminal nerviosa.

Mientras me besaba, sentí cómo su cuerpo se ajustaba al mío, revelando una rigidez evidente, una dureza implacable que presionaba contra mi cadera, dejándome claro que, a pesar de las horas transcurridas y del cansancio acumulado, su deseo por mí no había disminuido ni un ápice.

Solté una risa suave, un murmullo travieso contra su boca, y separé mis labios para mirarlo a los ojos.

—Eres insaciable, profesor West —bromeé, deslizando una mano hacia su cintura y sintiendo la presión firme de su virilidad a través del pantalón—. Me pregunto si en tus libros de derecho civil hay alguna cláusula para este nivel de adicción.

—El derecho civil no contempla las excepciones que tú provocas, Gemma —respondió él con una sonrisa oscura, antes de levantarme en brazos con una facilidad pasmosa, rodeando mis muslos alrededor de su cintura mientras caminábamos hacia la gran cama del fondo de la habitación.

Esta vez, la dinámica cambió por completo. No se trataba de la urgencia caótica de la primera noche en su apartamento, ni de la culpa que me había ahogado por la mañana. En esta habitación neutral, lejos de las rutinas y de los fantasmas de nuestra vida cotidiana, estábamos dispuestos a reescribir las reglas del juego.

Me depositó sobre las sábanas blancas con una lentitud deliberada, su mirada clavada en la mía como un depredador que evalúa su territorio. Comenzamos a despojarnos de la ropa con una urgencia compartida, pero sin la prisa desesperada del pánico; cada prenda que caía al suelo era una capa más de nuestras identidades formales que quedaba atrás.

Cuando estuve completamente desnuda bajo su mirada, sentí el calor de sus ojos recorriendo cada centímetro de mi piel, deteniéndose en la marca que él mismo me había dejado en el hombro, ahora convertida en un tono violáceo que sellaba nuestra complicidad.

—Vamos a probar algo diferente esta noche —murmuró Nolan, inclinándose sobre mí, su voz un susurro áspero que me hizo erizar la piel.

No esperó a que respondiera. Inició una exploración minuciosa, usando sus manos y su boca de maneras que me hicieron perder la noción del tiempo y del espacio. Me besó el cuello, bajó lentamente por el valle de mis pechos, mordisqueando con suavidad la piel sensible mientras sus dedos trazaban caminos sinuosos entre mis muslos. Experimentamos con nuevas posiciones, abandonando la rigidez de la cama tradicional para jugar con los ángulos, los apoyos contra el borde del colchón y la superficie fría de los espejos del baño que reflejaban nuestros cuerpos en movimiento.

Cada vez que intentaba recuperar el aliento, él encontraba un nuevo punto de fricción, una nueva forma de obligarme a arquear la espalda y a soltar gemidos que resonaban en las paredes de la habitación. En una de las posturas, de rodillas frente al ventanal que mostraba la ciudad a nuestros pies, me penetró desde atrás con una precisión implacable, mientras con una mano sostenía mi barbilla, obligándome a mirar mi propio reflejo en el cristal mientras me perdía en sus embestidas.

El placer era tan intenso que rozaba el dolor, una corriente eléctrica que me recorría de la cabeza a los pies. Mis manos se aferraban a las sábanas, luego a sus hombros, arañando la piel de su espalda en un reflejo involuntario de entrega total.

—Dímelo, Gemma —exigió su voz cerca de mi oído, mientras aceleraba el ritmo de sus caderas, arrastrándome hacia el borde del precipicio—. ¿De quién eres esta noche?

—Tuya... soy tuya, Nolan —balbuceé, perdiendo los últimos restos de orgullo, entregando la última defensa que me quedaba.

El clímax llegó como una ola gigante que nos arrastró a ambos. Fue una explosión compartida, un estallido de sensaciones donde el mundo exterior dejó de existir por completo. Nos dejamos caer sobre la cama, enredados en las sábanas revueltas, con las respiraciones pesadas y los cuerpos sudorosos unidos todavía en la penumbra de la habitación.

Nolan me atrajo hacia su pecho, acunándome en un abrazo que contradecía la dureza de sus lecciones y la frialdad de su fachada pública. Pasó los dedos por mi cabello con una lentitud infinita, besando la coronilla de mi cabeza mientras la ciudad seguía brillando al otro lado del cristal. Sabía que al amanecer tendríamos que volver a ponernos las máscaras, que el mundo real nos esperaba con sus reglas, sus juicios y sus cadenas. Pero en ese momento, envuelta en su calor y con el eco de la noche resonando en cada fibra de mi ser, supe que ya no había marcha atrás. Éramos un secreto imposible, una ley rota, y no deseaba ser perdonada.

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