El aire en la habitación se había vuelto irrespirable, cargado con el aroma de nuestra propia entrega y esa tensión eléctrica que no disminuía, sino que mutaba hacia algo más visceral. Cuando intenté moverme, cuando quise buscar la seguridad de la almohada para esconderme de la realidad que me había golpeado al ver aquella marca en su cuello, sentí la mano de Nolan detener cualquier escape. Su agarre no fue violento, pero era innegociable; era la mano de alguien que sabe exactamente cómo mantener a su presa sin necesidad de utilizar cadenas.
Él no me permitió el lujo de cerrar los ojos ni de perderme en el sueño que mi cuerpo agotado reclamaba. Con una destreza que me dejó sin aliento, comenzó a invadir mi espacio de nuevo, esta vez con una determinación que me hizo olvidar cualquier resentimiento. Me obligó a ponerme de rodillas, una posición que me dejaba completamente vulnerable, expuesta a sus deseos. Sentí sus manos recorriendo mi espalda, trazando líneas de fuego sobre mi piel, hasta que sus dedos se cerraron con fuerza en mis hombros. Allí, en el lugar exacto donde mi piel se unía a la base del cuello, sentí la presión de sus dientes.
No fue un mordisco suave; fue una marca. Un sello que reclamaba posesión en un terreno que él sabía que me dolía. El dolor agudo se mezcló con un placer prohibido, una sensación que me hizo jadear contra las sábanas. Me estaba marcando. Estaba dejando una huella física que, mañana, cuando estuviera frente al espejo o frente a Finn, me recordaría que esta noche no pertenecía a nadie más que a Nolan West.
—Mía —susurró contra mi hombro, con una voz que era puro veneno y pura entrega.
Acto seguido, sentí cómo me levantaba una pierna, obligándome a inclinarme hacia adelante hasta que el equilibrio se convirtió en una danza precaria. Me acomodó de tal manera que mi cuerpo quedaba abierto, expuesto a su mirada y a su tacto, en una posición que él aprovechó de inmediato. Desde atrás, con una precisión que rozaba la crueldad, comenzó a penetrarme. Fue un movimiento lento al principio, una exploración que buscaba cada fibra de mi ser, antes de acelerar con un ritmo que no me dejaba espacio para la reflexión.
Cada embestida me sacudía, haciéndome jadear con una intensidad que resonaba en las paredes del apartamento. Sus manos, expertas y posesivas, no estaban inactivas. Mientras me sometía al ritmo de sus caderas, sus dedos se perdían entre mis pechos, amasándolos con una fuerza que me obligaba a soltar gemidos de dolor y deleite. Una de sus manos bajó, recorriendo mi vientre hasta encontrar el centro de mi placer, acariciando mi clítoris con una cadencia que me hacía estar al borde del colapso emocional en cada segundo.
—¿Te gusta, Gemma? —preguntó, acortando la distancia entre nosotros, mordiéndome de nuevo el hombro, esta vez con más fuerza—. Dime que te gusta.
—No... no puedo... —intenté decir, pero mi voz se quebró en un sollozo ahogado.
Él no me escuchó, o prefirió ignorar mi respuesta. Aumentó el ritmo, convirtiendo el contacto en una fricción brutal. Sentí cómo mis uñas se clavaban en la madera del cabecero de la cama, buscando un anclaje en un mundo que se deshacía. Cada caricia suya, cada movimiento, era una lección de anatomía que él dictaba sobre mi piel, recordándome que, en este juego, el profesor era él y yo era simplemente la lección que él estaba decidido a aprender hasta las últimas consecuencias.
Él se movía con una eficiencia que me aterraba. Me besaba el hombro mientras me penetraba, susurrándome promesas que no tenían nada que ver con el amor, sino con una pertenencia absoluta. Me sentí como un objeto en sus manos, una extensión de su propia necesidad, una figura en el tablero que él había decidido mover a su antojo. Mis pechos, sensibles por el contacto constante, ardían bajo sus caricias, y mi cuerpo, que hace apenas unos minutos quería dormir, estaba ahora encendido con una llama que no podía ser extinguida.
Él no me dejaba escapar. Cada vez que intentaba relajarme, que intentaba rendirme a la fatiga, él encontraba una nueva forma de estimularme, un nuevo ángulo, una nueva presión que me obligaba a volver a la superficie de la consciencia. Me susurró, con esa voz que solía utilizar en el aula para sentenciar un caso judicial, que esta noche no habría descanso.
—No intentes dormir —dijo, mientras sus dedos continuaban su danza frenética entre mis piernas—. Esta noche es larga, Gemma. Muy larga. Y todavía no hemos terminado de definir qué es lo que me debes.
Sentí una oleada de terror puro mezclado con un placer que me dejaba las rodillas débiles. ¿Qué le debía? ¿Mi lealtad? ¿Mi silencio? ¿Mi capacidad de sentir algo por alguien que me trataba como a un sujeto de estudio? No lo sabía. Lo único que sabía era que sus dedos, su cuerpo, su marca en mi hombro y la forma en que me obligaba a mirarlo —aunque yo no quisiera— estaban borrando cualquier otra existencia.
El ritmo volvió a cambiar, haciéndose más profundo, más deliberado. Él me controlaba, guiándome a través de un laberinto de sensaciones que yo misma estaba empezando a temer. Me acariciaba el clítoris con la punta de los dedos, justo cuando me penetraba con más fuerza, creando una sinfonía de sensaciones que me obligaban a arquear la espalda y a gritar contra la almohada. Era demasiado. Era una sobrecarga que me hacía sentir que, si esto continuaba, algo dentro de mí iba a quebrarse de forma irremediable.
Cuando el clímax finalmente me alcanzó, fue como una explosión de luz blanca que me dejó sin sentido. Mis piernas temblaron violentamente bajo el peso de su cuerpo, y los gemidos que escaparon de mi garganta fueron una mezcla de derrota y éxtasis. Él, sin embargo, no se detuvo de inmediato. Siguió moviéndose hasta que sintió que yo había llegado al límite de lo que mi sistema nervioso podía tolerar, y solo entonces se permitió un movimiento final, un empuje que me dejó sin aire y que hizo que nos corriéramos juntos en una sincronía tan perfecta que me resultó dolorosa.
Quedamos allí, unidos, en un silencio sepulcral roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Él se desplomó contra mi espalda, dejando que su peso se apoyara completamente en mí, sus manos todavía entrelazadas con las mías, su marca en mi hombro ardiendo como un recordatorio. No había espacio para la duda: él había ganado. Había reclamado cada centímetro de mi piel, cada uno de mis pensamientos, cada una de mis resistencias.
—Te lo prometí —dijo después de un largo rato, su voz todavía ronca por el esfuerzo, mientras me besaba la nuca—. La noche apenas está comenzando.
Me estremecí al escucharlo. Sabía que no estaba bromeando. Sabía que, mientras el resto del mundo dormía, mientras Finn me esperaba a cientos de kilómetros de distancia y mi vida académica se desmoronaba en la universidad, yo estaba atrapada en un contrato de sombras con un hombre que no tenía intención de dejarme ir. Él me dio la vuelta, obligándome a mirar su rostro en la penumbra. Sus ojos, aunque cansados, todavía conservaban esa chispa de dominación. Me acarició el rostro con una suavidad que me resultó mucho más aterradora que su rudeza, y me besó, un beso largo, profundo y lleno de una posesión que no dejaba lugar a interpretaciones.
La noche se extendía ante nosotros como una llanura desierta, y mientras sentía que su cuerpo volvía a tensarse contra el mío, supe que no habría sueño. No habría tregua. Solo habría lección tras lección, marca tras marca, hasta que no quedara nada de la mujer que llegó a este apartamento intentando huir de su propia realidad. Había entregado la llave, y Nolan West, el profesor, el amante y mi verdugo, estaba más que dispuesto a mantener la puerta cerrada con llave por el resto de la eternidad de esta noche.