El amanecer del día siguiente fue una extensión gris de la jornada anterior. No logré conciliar el sueño; me mantuve despierta, mirando el techo, tratando de descifrar si el peso que sentía en el pecho era culpa, despecho o una mezcla insoportable de ambos. Al llegar a la universidad, el ambiente se sentía cargado, casi eléctrico, como la atmósfera previa a una tormenta que promete arrasar con todo a su paso. Mi mente estaba en blanco, una hoja de papel vacía lista para ser escrita, pero carecía de la tinta necesaria para formar una sola idea coherente.
Al entrar en el aula 304, el aire se sentía más denso que de costumbre. Me senté en mi lugar habitual, con la mirada clavada en la mesa. Maya intentó hablarme, pero mi respuesta fue un monosílabo vacío que la hizo desistir. Nolan entró poco después, luciendo impecable, con la misma expresión de frialdad clínica que había adoptado desde nuestra confrontación en la oficina. Sin embargo, algo en la forma en que movió sus carpetas sobre el estrado me advirtió que el día no sería rutinario.
—Antes de comenzar con el contenido de hoy, procederé a la entrega de los resultados del examen de evaluación continua —dijo Nolan, recorriendo la clase con su mirada de acero—. Debo decir que los resultados, en términos generales, han sido decepcionantes. La falta de profundidad en el análisis de los casos prácticos demuestra una incapacidad alarmante para aplicar la teoría a la realidad.
Empezó a repartir las hojas. Cuando llegó a mi pupitre, dejó caer mi examen con un golpe seco. La nota estaba escrita en rojo chillón, rodeada por un círculo que parecía una herida abierta: reprobado. El número, un cinco sobre veinte, me pareció un insulto personal, una burla directa a todas las horas que había invertido en estudiar su materia, a todo el esfuerzo que había volcado en intentar entender un mundo legal que él mismo se encargaba de hacer incomprensible.
—Debo recordarles —continuó, levantando la voz para que nadie pudiera ignorarlo—, que la intervención que se les solicitó durante la sesión de ayer, esa breve discusión sobre la responsabilidad civil y la capacidad de debatir ante la presión, no era un simple ejercicio de oratoria. Valía el cuarenta por ciento de esta evaluación. Aquellos que, por motivos de pasividad, silencio o supuesta falta de opinión, decidieron no participar, han visto su nota drásticamente reducida. La capacidad de comunicación es una competencia básica en nuestra profesión. Quien no habla, no litiga. Y quien no litiga, no es abogado.
Sentí una oleada de calor subir por mi cuello hasta las orejas. Era una emboscada. Nolan sabía perfectamente por qué había estado en silencio el día anterior. Él conocía el trasfondo, conocía la humillación que me había infligido al aparecer con la profesora Vance, y aun así, utilizaba ese silencio como una herramienta para castigarme profesionalmente. Me sentí ultrajada, pero la humillación de reprobar me dejó sin palabras. Me limité a guardar mi examen en el cuaderno, con las manos temblando de rabia contenida, sin atreverme a levantar la vista.
El resto de la clase fue una tortura silenciosa. Nolan dictaba su cátedra, desgranando artículos y jurisprudencia con una fluidez que solo servía para recordarme lo lejos que estaba de su mundo. Él estaba ahí, en su pedestal de poder, y yo estaba aquí, castigada por un silencio que él mismo había provocado. Cada vez que él miraba hacia mi fila, sentía que sus ojos se detenían un segundo de más, evaluando mi reacción, buscando una fisura en mi armadura. Yo no le di el gusto. Mantuve la mirada perdida en las notas, escribiendo palabras sin sentido solo para mantener las manos ocupadas, evitando a toda costa cualquier atisbo de contacto visual.
Maya, a mi lado, parecía querer decirme algo, probablemente una disculpa o una muestra de apoyo, pero la tensión que emanaba de mi cuerpo era tan palpable que optó por mantenerse callada. El tiempo parecía dilatarse; los minutos pasaban como horas, y cada frase de Nolan era un clavo más en el ataúd de mi paciencia. La injusticia de la situación me quemaba por dentro. Él estaba utilizando la evaluación académica para ejercer un control directo sobre mi vida, una forma de castigo que, si bien era técnicamente defendible bajo las reglas del curso, era éticamente ruin.
Cuando finalmente la campana marcó el final de la clase, el alivio fue casi físico. Mis compañeros empezaron a recoger sus cosas en medio de un murmullo general, comentando sus notas y quejándose de la severidad del profesor. Yo, con una lentitud deliberada, comencé a organizar mi mochila. Quería ser la última en salir, quería evitar cualquier confrontación directa con él en ese aula cargada de veneno.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de par en par. La profesora Elena Vance entró con una sonrisa radiante, su elegancia contrastando con la austeridad del aula. Llevaba un vestido ajustado de un color vibrante que parecía diseñado para atraer todas las miradas.
—Nolan, ¿estás listo? —preguntó ella, su voz clara y autoritaria, resonando en el aula—. Tenemos la reserva en el restaurante del club. Dijiste que necesitabas desconectar un poco después de la jornada.
Nolan, que estaba recogiendo unos papeles, se giró hacia ella con una expresión que nunca me había dedicado: una leve sonrisa, casi imperceptible, pero real.
—Dame un segundo, Elena. Termino con esto y estoy contigo —respondió él, su tono despojado de la frialdad que reservaba para sus estudiantes.
En ese momento, mis ojos se encontraron con los de la profesora Vance. Ella me miró, no con desdén, sino con una curiosidad condescendiente, como quien observa a una mascota que ha hecho algo que no debía. Me puse en pie, lista para salir de una vez por todas.
—Buenos días, profesora —dije, saludándola con una cortesía mecánica, casi gélida.
—Buenos días, señorita... —ella dejó la frase en el aire, fingiendo no recordar mi apellido, un gesto calculado para minimizar mi existencia.
Sin esperar a que Nolan dijera nada, sin siquiera girar la cabeza para ver su reacción, me colgué la mochila al hombro y comencé a caminar. Pasé por su lado, sintiendo cómo el perfume de ella —esa fragancia floral que ya me resultaba odiosa— envolvía el aire alrededor de Nolan. No dije una palabra más. Cada músculo de mi cuerpo gritaba por escapar de aquel espacio asfixiante.
Salí del aula con una urgencia que me obligó a caminar rápido por el pasillo. Podía escuchar, a mis espaldas, la risa de Elena y la voz grave de Nolan respondiéndole, un sonido que, en otro tiempo, me habría provocado curiosidad, pero que ahora solo alimentaba la furia que me consumía. La humillación de reprobar el examen, la burla de verlos juntos, la prepotencia con la que él manejaba nuestras vidas y la hipocresía de su supuesto profesionalismo eran más de lo que podía procesar.
Mientras salía del edificio de derecho y me dirigía al aparcamiento, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Estaba sola, reprobada y, lo más importante, me había dado cuenta de que Nolan West no era un hombre con el que pudiera razonar. Él no estaba interesado en el diálogo, ni en la justicia, ni en la complejidad de lo que habíamos compartido. Él solo estaba interesado en el poder. Y en ese juego, yo siempre iba a estar en desventaja.
Me subí a mi coche y me quedé allí, con las manos puestas sobre el volante, incapaz de encender el motor. La imagen de ellos dos yéndose a almorzar, esa sensación de haber sido borrada de su realidad como si fuera un error en su sistema, me dejó exhausta. La universidad, que alguna vez representó mi oportunidad de una vida mejor, se había convertido en una cárcel de la que no sabía cómo escapar. Me obligué a respirar, a aceptar que la nota de mi examen era solo el principio. Nolan quería ver cómo me quebraba, quería ver cómo me rendía ante la presión. Pero mientras mis lágrimas comenzaban a bajar, silenciosas y amargas, me hice una promesa: si él quería una batalla, se la daría. No como alumna, no como su amante secreta, sino como alguien que ya no tenía nada que perder. Encendí el motor con un rugido y salí de allí, dejando atrás el campus, dejando atrás la humillación y, sobre todo, dejando atrás la versión de mí misma que todavía esperaba algo de él. La guerra, en toda su crudeza, acababa de escalar a un nuevo nivel.