Capítulo 16: El costo de la rendición

 

La habitación estaba sumida en esa penumbra azulada y silenciosa que precede al amanecer, una hora en la que el mundo exterior parece no existir. Mis sentidos estaban completamente embotados por el agotamiento, una fatiga que no era solo física, sino existencial. Cada fibra de mis músculos vibraba con un eco persistente de lo que acabábamos de vivir. Nolan, sobre mí, se movía con esa elegancia depredadora que nunca lo abandonaba, incluso en el clímax de su pérdida de control.

Sentí el último espasmo recorrer su cuerpo antes de que se desplomara sobre mí, buscando recuperar el aliento que ambos habíamos perdido en la vorágine de sus exigencias. El silencio se instaló, solo interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones pesadas y el latido desacompasado de nuestros corazones. Él se separó de mí con una lentitud calculada, un gesto que me dejó sintiéndome expuesta y extrañamente fría.

Observé, con la vista nublada por el cansancio, cómo se incorporaba. Sus movimientos eran fluidos, prácticos. Con una destreza que me resultó tan natural como inquietante, se quitó el condón y, sin una pizca de remordimiento, lo lanzó al cesto de basura que estaba junto a la cama. El sonido seco del plástico al impactar con el fondo del tacho resonó en mis oídos como un martillazo.

Fue entonces cuando mis ojos, vagando por el desorden de la habitación, se detuvieron en el suelo, cerca del borde de la alfombra. Allí, brillando bajo la débil luz de la mañana que empezaba a filtrarse por las cortinas, vi los envoltorios. Eran cuatro. Cuatro láminas plateadas, arrugadas y descartadas, que testificaban la intensidad de una noche que, para mí, se había sentido como un sueño febril y para él, claramente, como una maratón de posesión.

Sentí cómo el calor subía por mi cuello hasta las mejillas, un rubor intenso que me quemaba la piel. Me mordí el labio inferior con tal fuerza que pude sentir el sabor metálico de una pequeña herida. Cuatro veces. No habíamos dejado de movernos, de marcarnos, de buscarnos en los límites de la resistencia. El recuento visual de nuestra intensidad me dejó sin habla, una mezcla de vergüenza profunda y una extraña, inconfesable satisfacción.

La luz del día era ya innegable. Las siluetas de los edificios comenzaban a recortarse contra el horizonte a través de los ventanales. No habíamos dormido. Ni un solo minuto. Habíamos pasado la noche entera en una guerra de piel contra piel, borrando las líneas que él mismo se había encargado de dibujar.

—Gemma —dijo él, su voz ronca, destilando ese tono autoritario que usaba para sentenciar mis errores en clase.

No quise mirar. No podía. La vergüenza de ver la evidencia de nuestra entrega fue demasiado para mi orgullo. Con un movimiento impulsivo, me escondí contra su pecho, enterrando el rostro en el hueco de su hombro, ocultándome de la realidad que me devolvía el espejo de esa habitación. Él era firme, sólido, un hombre que no parecía afectado por la falta de sueño ni por el desgaste de la noche.

Él soltó una risa baja, un sonido grave que vibró contra mi frente, y pasó una mano por mi cabello, un gesto que oscilaba entre la caricia y el dominio.

—No te escondas ahora —susurró, inclinándose para besar la coronilla de mi cabeza—. Ya es tarde para las pudorosas. Has demostrado ser mucho más capaz que eso.

Sentí cómo su mano descendía, recorriendo mi espalda con una lentitud que me hizo estremecer a pesar del cansancio. Estaba atrapada en su abrazo, en su territorio, bajo la mirada de un sol que nos encontraba en una situación que jamás habría imaginado cuando salí de mi casa el día anterior. La universidad, los libros, las notas, el examen que reprobé... todo eso parecía pertenecer a una vida pasada, a otra mujer, una que tenía el control. Yo ya no tenía nada de eso.

El rubor no se iba. Cada vez que recordaba los envoltorios en el suelo, una nueva oleada de calor me recorría. Me sentía pequeña, vulnerable, pero al mismo tiempo, sentía una extraña conexión con la piel de Nolan bajo mis dedos. Él era mi verdugo y, en este momento, mi único refugio.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, como si estuviéramos hablando de una mañana cualquiera, como si no acabáramos de cruzar todas las líneas rojas posibles.

Negué con la cabeza, sin atreverme a soltarlo. No quería moverme. Si me movía, la realidad se desmoronaría por completo. El hecho de que fuera de día, el hecho de que en unas horas deberíamos actuar como profesor y alumna, me producía un vacío en el estómago que nada tenía que ver con el hambre.

—Gemma, mírame.

Su orden fue suave, pero cargada de esa autoridad a la que me resultaba imposible negarme. Levanté la cara lentamente, encontrándome con sus ojos azules, que me observaban con una mezcla de satisfacción y algo más que me negué a interpretar. Él me vio, vio mi vergüenza, vio mi entrega, y no hizo nada por ocultar que le complacía.

—Esta noche ha sido una lección —dijo él, con una sonrisa de lado que me hizo sentir que no había terminado conmigo—. Y, como toda buena clase, espero que hayas tomado nota. Porque, a partir de hoy, la dinámica ya no es un debate. Es una sentencia.

Me quedé helada. Sus palabras eran un recordatorio de que no había escape, de que la larga noche de pasión era solo el prólogo de un dominio que apenas comenzaba. Cerré los ojos, sintiendo cómo su calor me envolvía una vez más, y por un segundo, me permití olvidar el mañana. Solo existía el presente: su piel, su peso y el eco de aquellos envoltorios plateados que marcaban la historia de lo que habíamos destruido. Estaba perdida, y por primera vez en mi vida, no tenía ni el más mínimo deseo de ser encontrada.

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