El día transcurrió como una condena a cadena perpetua. Cada una de las horas que pasé sentada en las aulas, rodeada por el murmullo de mis compañeros y la monotonía de los libros de texto, se sintió como una prueba de resistencia diseñada exclusivamente para quebrarme. Mi mente era un campo de batalla donde chocaban sin tregua la culpa punzante hacia Finn, el agotamiento físico de una noche en blanco y el eco constante de la última frase de Nolan:
no te voy a soltar.
Intenté refugiarme en los apuntes, en la simulación de normalidad que él mismo me había exigido por la mañana, pero cada vez que alzaba la vista y lo veía al otro lado del estrado, enfundado en su impecable traje gris y dictando cátedra con esa frialdad milimétrica, el pecho se me apretaba. Él actuaba como si la madrugada anterior no hubiera existido, como si su piel no llevara grabada la urgencia de nuestros cuerpos y la mía no guardara la marca de sus dientes en el hombro. Sin embargo, en el instante fugaz en que nuestros ojos se cruzaban por encima de las cabezas de los demás alumnos, una corriente eléctrica recorría el aula, recordándome que éramos prisioneros de un pacto invisible y oscuro.
Cuando la última campana de la tarde anunció el fin de las actividades académicas, arrastré los pies hacia la salida del edificio principal. Mis hombros cargaban con el peso invisible del mundo. Lo único que deseaba era llegar a mi apartamento, encerrarme bajo llave, apagar el teléfono y fingir que el tiempo se detenía. Pero el destino, o más bien la implacable voluntad de Nolan West, tenía otros planes.
A pocos metros de mi coche, aparcado en el extremo más solitario del estacionamiento, una silueta imponente bloqueaba el paso. Su todoterreno negro estaba allí, con el motor encendido y la ventanilla del copiloto bajada. Nolan no me dio la opción de negociar. Abrió la puerta desde dentro y me hizo una seña seca con la barbilla.
—Sube, Gemma. No lo repitas —ordenó, su voz cortando el aire con una autoridad que no admitía réplicas.
—Estoy cansada, Nolan —protesté, acercándome con paso lento, sintiendo cómo las piernas me temblaban de fatiga—. Solo quiero ir a casa. No tengo energía para otra de tus lecciones ni para más reglas.
—No vamos a mi oficina, y no te voy a dar ninguna lección teórica —respondió él, fijando en mí unos ojos oscuros que parecían escanear cada gramo de mi agotamiento—. Sube al coche. Necesitas salir de tu cabeza, y yo necesito sacarte de este campus antes de que cometas la estupidez de colapsar en mitad del pasillo.
No tuve la fuerza mental para discutir. Abrí la puerta, me dejé caer en el asiento del copiloto y cerré los ojos en cuanto el vehículo se puso en marcha. El trayecto se prolongó durante más de treinta minutos. El zumbido monótono del motor y la vibración suave del coche me adormecieron a medias. Cuando finalmente el vehículo se detuvo, abrí los párpados con pesadez.
Frente a nosotros se alzaba un panorama completamente ajeno al mundo académico y a la rigidez de la universidad: un parque de diversiones iluminado por miles de bombillas de colores, donde el sonido de la música estridente, las risas lejanas y el traqueteo de las atracciones mecánicas flotaban en el aire nocturno. El cielo ya era de un azul marino profundo, salpicado de estrellas opacadas por los potentes focos de neón.
Lo miré con absoluta incredulidad.
—¿Un parque de atracciones? —pregunté, sintiendo que la incongruencia de la situación rozaba lo absurdo—. ¿Tú, el profesor de derecho mercantil, el hombre de las reglas, los contratos y la absoluta seriedad, me traes a un parque de diversiones un martes por la noche?
Nolan apagó el motor y se giró hacia mí, desabrochándose el cinturón. Por primera vez en todo el día, una sombra de sonrisa —una mueca sutil, casi imperceptible, pero real— se dibujó en la comisura de sus labios.
—Incluso los hombres más estrictos necesitan un recordatorio de vez en cuando de que el mundo no se rige únicamente por códigos civiles, Gemma —dijo, abriendo su puerta—. Y tú tienes cara de haber estado a punto de romperte en mil pedazos en cualquier momento de las últimas ocho horas. Sal. Te hará bien.
Bajamos del coche y nos adentramos en el bullicio del parque. Al principio, la multitud me abrumaba. Familias riendo, niños corriendo con globos de helio, parejas compartiendo algodón de azúcar... un escenario de normalidad absoluta que contrastaba violentamente con el secreto sucio y prohibido que nos unía. Intenté mantener la distancia, caminar un paso por detrás de él, pero Nolan no tardó en solucionar esa resistencia.
Dio media vuelta, acortó el espacio que nos separaba y, sin pedir permiso, tomó mi mano con firmeza. Sus dedos se entrelazaron con los míos, un apretón cálido y seco que me descolocó por completo. Intenté retirar la mano por puro instinto defensivo —
¿y si alguien nos ve? ¿Y si hay alumnos de la facultad por aquí?—, pero él apretó con más fuerza, inmovilizándome en su agarre.
—Nadie nos conoce aquí, Gemma. Y si alguien lo hace, que mire —murmuró con una seguridad aplastante, tirando de mí suavemente para que avanzara a su lado.
Caminar así, cogidos de la mano entre la marea de desconocidos, tuvo un efecto extraño en mi sistema nervioso. Era una sensación prohibida y, a la vez, embriagadora. Por unos segundos, logré olvidar el anillo en mi dedo, el mensaje de Finn y la culpa que me asfixiaba. Éramos simplemente un hombre y una mujer caminando bajo las luces de colores.
Nos detuvimos frente a un puesto de feria donde un hombre intentaba vender muñecos peludos a cambio de derribar latas con una pelota. Nolan, para mi absoluta sorpresa, se detuvo, pagó un par de intentos y, con una precisión milimétrica que demostraba que su control mental abarcaba incluso las tonterías más banales, derribó las seis latas al primer lanzamiento. El feriante, boquiabierto, le entregó un pequeño oso de peluche ridículamente torcido. Nolan me lo entregó con una seriedad solemne que me hizo estallar en una carcajada genuina, la primera risa real que brotaba de mi garganta en días.
—Para compensar el examen que te reprobé ayer —bromeó él con seco sarcasmo, aunque sus ojos brillaban con una diversión que jamás le había visto en el aula.
Poco después, un fotógrafo ambulante se nos acercó ofreciendo inmortalizar el momento. Antes de que pudiera negarme o cubrirme la cara, Nolan pasó un brazo por mis hombros, atrayéndome con fuerza contra su costado, y miró a la cámara. El flash estalló, cegándome por un segundo. El fotógrafo nos entregó una pequeña tarjeta impresa al instante. En ella aparecíamos los dos: yo, con el pelo alborotado y una sonrisa mixta entre la sorpresa y la felicidad; él, con el rostro serio pero con una mirada de profunda posesión clavada directamente en mi sien, sujetándome como si fuera lo único en el mundo que le importaba retener.
—Guárdala —me dijo Nolan, arrebatándole la tarjeta al vendedor y deslizándola en el bolsillo de mi chaqueta—. Una prueba física de que no todo en nuestra relación ocurre a escondidas y bajo llave.
El punto culminante de la noche llegó cuando nos encaminamos hacia la atracción principal del parque: la gran rueda de la fortuna, conocida popularmente como la ruleta. La cola avanzaba de manera constante. Cuando llegó nuestro turno, el operario nos indicó que podíamos subir solos a una de las cabinas cerradas de cristal y metal.
La puerta se cerró con un chasquido metálico y la estructura comenzó a elevarse lentamente hacia el cielo nocturno, alejándonos del bullicio de la multitud y dejándonos suspendidos en la penumbra, con la ciudad extendiéndose a nuestros pies como un mar de luces parpadeantes.
A medida que subíamos, el silencio dentro de la cabina se volvió denso. Las luces del parque se veían cada vez más pequeñas, y el mundo exterior parecía desvanecerse, reduciéndose a este habitáculo flotante donde solo existíamos él y yo.
Me acerqué al cristal, observando el paisaje nocturno, sintiendo cómo el vértigo de la altura se mezclaba con el vértigo mucho más peligroso que sentía cada vez que estaba a solas con él. De repente, sentí sus manos en mi cintura. Me giró con suavidad, obligándome a dar la espalda al cristal y a apoyarme contra él, mientras la cabina daba una pequeña sacudida al llegar a la cúspide y detenerse por unos segundos en el punto más alto.
—¿Te gusta la vista? —susurró su voz contra mi oído, un aliento cálido que me recorrió la columna vertebral.
—Es... es vertiginoso —repliqué, con la voz apenas audible, sintiendo cómo su cuerpo presionaba el mío por la espalda, bloqueando cualquier vía de escape.
—El vertige es la única prueba de que estás viva, Gemma —dijo él, girando mi rostro con la yema de sus dedos para obligarme a mirarlo a los ojos—. Durante todo el día has estado ausente, escondida detrás de tus silencios, intentando castigarte por lo que sientes. Ya basta.
Cuando sus labios encontraron los míos, la altura, el parque, la ciudad y las reglas de nuestra existencia desaparecieron por completo. No fue un beso tierno; fue un reclamo hambriento y desesperado. Sus manos recorrieron mi espalda, apretándome contra su cuerpo con una urgencia que desafiaba la calma que había intentado proyectar durante toda la velada. Abrí la boca para dejarlo entrar, respondiendo a su arrebato con la misma desesperación acumulada durante horas de tensión insoportable.
Me besó con una pasión desenfrenada, devorando mis labios, mordiéndome con suavidad el labio inferior mientras la rueda de la fortuna volvía a girar lentamente, comenzando el descenso hacia la tierra firme. Mis manos se enredaron en el cuello de su camisa, tirando de él, queriendo fundirme en su piel, queriendo borrar cualquier rastro del mundo exterior que amenazara con separarnos.
Cuando la cabina finalmente tocó fondo y las puertas se abrieron para devolvernos al ruido y a las luces del parque, mi respiración era un desastre y mis piernas apenas podían sostener mi peso. Nolan me sujetó de la mano con fuerza, ayudándome a bajar, y mientras caminábamos hacia el aparcamiento bajo el cielo estrellado, comprendí una verdad aterradora: él tenía razón. No importaba cuántas veces intentara convencerme de que lo nuestro no era serio, de que éramos solo un contrato de sombras y reglas estrictas; la verdad es que cada segundo a su lado me estaba arrastrando a un abismo del que ya no quería ser rescatada.