El aire en mi habitación era pesado, saturado de una tensión que habíamos estado cultivando con precisión quirúrgica desde hacía semanas. Gemma estaba allí, ante mí, despojada no solo de su ropa, sino de esa coraza de indiferencia que había intentado construir en el aula. Verla así, entregada, con la piel encendida por el deseo y la respiración errática, me provocó una oleada de posesividad que apenas pude contener. Mis manos, que siempre se habían movido con la parsimonia de un académico, ahora actuaban bajo el dictado de un instinto mucho más antiguo y salvaje.
La atraje hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Cada centímetro de su piel era una revelación que me confirmaba lo que mi mente intentaba negar: la había necesitado desde el primer día. Bajé la cabeza y comencé a recorrer su torso, un camino de adoración y dominio. Sus senos, turgentes y sensibles, reaccionaron ante mi contacto; no me detuve hasta que pude sentir el sabor de su piel en mis labios, escuchando cómo el ritmo de su respiración se descompasaba bajo mi lengua. Ella jadeaba, un sonido gutural que me alimentaba, un eco de la rendición que tanto me había costado arrancar.
Deslicé mis manos hacia abajo, sintiendo cómo se arqueaba al contacto con mis dedos. Cuando finalmente encontré el centro de su humedad, no hubo más espacio para la contención. Comencé a lamerla, explorando cada rincón, devorando su placer con una intensidad que la hizo sollozar mi nombre. Cada vez que su cuerpo se estremecía bajo mi lengua, sentía una descarga eléctrica en mi propia virilidad. Ella era un mapa que yo estaba aprendiendo a descifrar, una ley que estaba reescribiendo a mi antojo. El sonido de sus jadeos, ahora constantes y desesperados, llenaba la habitación, eclipsando cualquier rastro de la frialdad que ella me había mostrado esa mañana.
Cuando el momento llegó, cuando su clímax se acercó y su cuerpo comenzó a temblar con espasmos incontrolables, no esperé. Me posicioné sobre ella, sintiendo la fricción de nuestros cuerpos, y la penetré de un solo movimiento firme. Ella soltó un grito ahogado que se convirtió en un gemido cuando empezamos a movernos. El ritmo fue preciso, una danza de fricción y contacto total. Gemma, perdida en el torbellino de sus propias sensaciones, clavó sus uñas en mi espalda. Sentí el escozor de su marca, un dolor agudo que solo aumentaba mi excitación; era la confirmación de que ella estaba allí conmigo, presente, marcada por mi presencia.
El clímax fue una explosión compartida, un caos de sentidos donde nuestras voluntades se fundieron. Nos corrimos juntos, envueltos en un abrazo que era, al mismo tiempo, una batalla y una tregua. Mientras el pulso de mi corazón recuperaba su ritmo, me dejé caer sobre ella, buscando su piel, sintiendo el calor de su sudor mezclado con el mío.
Sin embargo, el silencio que siguió no fue de paz. Fue de una introspección punzante. Gemma, con la respiración todavía entrecortada, rodó ligeramente hacia un lado. Sus ojos se abrieron y, por un segundo, se quedaron fijos en mi cuello. Vi cómo su mirada se detuvo, cómo la luz de la lámpara iluminó la marca roja —ese rastro que aún quedaba de la profesora Vance—, y cómo su expresión cambió instantáneamente.
Se tensó. Fue un movimiento sutil, pero yo lo sentí como si una pared de hielo se hubiera levantado entre nosotros. Sus ojos se cerraron con una rapidez forzada, como si intentara borrar lo que acababa de ver, como si el placer de hace unos minutos hubiera sido sustituido por un asco repentino. Me preparé para hablar, para intentar explicar lo inexplicable, para justificar que mi vida fuera de nuestras paredes seguía siendo un caos, pero ella no me dio la oportunidad.
—Tengo sueño, Nolan. Solo quiero dormir —dijo, con una voz despojada de cualquier emoción.
Me dio la espalda, un gesto de cierre absoluto que me golpeó con la fuerza de un desprecio calculado. Me quedé allí, mirando su espalda desnuda, sintiendo cómo la distancia que ella acababa de crear era mucho más grande que la que existía cuando éramos profesor y alumna. La culpa, que había ignorado durante el acto, volvió a instalarse en mi pecho, pero también lo hizo una rabia extraña. ¿Cómo podía ella reclamar exclusividad cuando habíamos acordado que no existía? ¿Cómo podía juzgarme cuando ella misma estaba allí, en mi cama, conmigo?
No acepté su rechazo. Me acerqué y la rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho. Ella intentó resistirse, pero mi fuerza fue la necesaria para mantenerla allí, contra mí. Comencé a besarle la nuca, trazando el camino de su columna vertebral con los labios, tratando de encontrar el lugar donde se escondía su verdadera reacción. Acaricié su vientre, moviendo mis manos con una lentitud deliberada, bajando hasta sus muslos y volviendo a subir hacia sus senos.
Comencé a masajear sus pechos con suavidad, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mi tacto, a pesar de su resistencia aparente. Gemma soltó un gemido involuntario, una pequeña traición de su cuerpo que no pudo controlar. Me incliné hacia ella y le mordí suavemente el lóbulo de la oreja, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones.
En ese momento, fui consciente de mi propio cuerpo. La frustración, el deseo reprimido y el desafío de su actitud habían provocado una reacción física inmediata. Estaba duro de nuevo, presionando contra ella, recordándole que, aunque quisiera dormir, aunque quisiera ignorar la realidad, el juego no había terminado. Gemma volvió a emitir otro gemido, esta vez más largo, más profundo, una nota de rendición que me hizo sonreír contra su cuello.
—No te vas a dormir —susurré en su oído, sintiendo el calor de su piel—. No mientras yo siga aquí.
Sabía que estaba siendo egoísta, que estaba forzando una realidad que ella no quería aceptar, pero no me importaba. Había algo en su rechazo que me encendía, una necesidad de poseerla por completo, no solo físicamente, sino de borrar de su mente cualquier otra imagen, cualquier otra marca, cualquier otra duda. Ella seguía siendo un enigma que yo estaba decidido a conquistar, incluso si el precio era la destrucción mutua. La acaricié de nuevo, bajando mis manos por su cuerpo, sintiendo cómo la tensión de sus músculos cedía ante el ritmo de mi mano, y me hundí más contra ella, asegurándome de que supiera que, por esta noche, ella no era de nadie más que mía. La noche era larga, y yo tenía toda la intención de asegurarme de que, al amanecer, ella no pudiera recordar ni siquiera el nombre de la profesora Vance.